Leer el clima para cuidar la vida: la historia de doña Consuelo en El Limón, Esquipulas
En el Caserío El Limón, Aldea Santa Rosalía, municipio de Esquipulas, Chiquimula, en Guatemala, vive doña Consuelo Aldana Cortés, una mujer de 42 años que ha hecho de la vida comunitaria, la fe y el cuidado de la naturaleza una forma de servir. Ama de casa, emprendedora, madre de cuatro hijos y abuela de un nieto de cinco años, “el príncipe de toda la familia”, como ella misma lo describe, doña Consuelo combina sus responsabilidades familiares con pequeños negocios de productos como perfumes y maquillaje, además de una activa participación en la iglesia y en los procesos comunitarios.
Su historia está marcada por el trabajo desde temprana edad. Criada por su abuela, aprendió desde niña a cultivar la tierra, desyerbar fincas y apoyar en una pequeña tienda familiar. Estudió únicamente hasta primer grado, no por falta de deseo, sino por las circunstancias difíciles que enfrentó en su niñez. Desde entonces, comprendió que salir adelante requería esfuerzo, disciplina y solidaridad. A los 16 años se casó con Miguel Ángel Gutiérrez Canán, con quien está por cumplir 27 años de vida en común. Juntos han formado una familia y también han asumido un compromiso con el desarrollo de su comunidad.

Hoy, doña Consuelo es reconocida como una mujer activa y comprometida. Participa junto a su esposo en actividades del Consejo Comunitario de Desarrollo (COCODE), gestionando mejoras para la comunidad, como trabajos en la carretera y apoyos vinculados a alimentación u otras necesidades locales. Además, desempeña varios roles dentro de la iglesia: es ministra, catequista, lectora y parte del coro. “Vivo más en la iglesia y en la comunidad que en mi casa”, cuenta, reflejando una vida que transcurre entre el servicio, la organización y el cuidado de los demás.
Uno de los rasgos más sensibles de doña Consuelo es su relación con las plantas. Ese amor también viene de su abuela, quien le enseñó a sembrar y a mirar la tierra con respeto. Aunque reconoce que la tierra de su comunidad puede ser difícil para cultivar, ella busca la manera de mejorarla para sembrar flores. Le gustan especialmente las gladiolas, los girasoles y las plantas que atraen mariposas. Para ella, las mariposas representan libertad: las observa volar y encuentra en ellas una imagen de vida, belleza y esperanza.
Ese vínculo con la naturaleza también se expresa en su preocupación por la basura y el cuidado del ambiente. Desde su trabajo como catequista, habla con niñas y niños sobre la importancia de no tirar desechos en cualquier lugar y de proteger la Madre Tierra. Para doña Consuelo, cuidar la naturaleza no es una idea lejana: está directamente relacionada con la vida cotidiana y con el agua. “Si destruimos la naturaleza, ¿de dónde vamos a tener el agua?”, reflexiona. Por eso coloca costales para que los niños depositen la basura y promueve pequeñas acciones que ayudan a construir conciencia ambiental desde la comunidad.

En este contexto, su participación como beneficiaria del proyecto “Fortalecimiento del derecho humano al agua, la seguridad alimentaria y la resiliencia climática de las comunidades rurales del corredor seco de Guatemala”, implementado por la Asociación Centroamericana Centro Humboldt (ACCH), representa una oportunidad para fortalecer sus conocimientos y su liderazgo comunitario. Para doña Consuelo, aprender sobre monitoreo climático es importante porque permite comprender mejor los cambios en el clima, las lluvias y el calor. Ella lo describe como una nueva aventura: una oportunidad para aprender algo distinto y útil para la comunidad.
Desde su mirada, monitorear el clima tiene una utilidad concreta: ayuda a explicar mejor “cómo están las lluvias”, a entender los procesos de calor y lluvia, y a tomar decisiones con mayor información. En una zona del corredor seco, donde el agua, la producción y la seguridad alimentaria dependen cada vez más de la capacidad de adaptarse a la variabilidad climática, mujeres como doña Consuelo son clave para transformar la información en acción comunitaria.
El proyecto también ha abierto un espacio de organización para las mujeres de la comunidad. Doña Consuelo cuenta que ya existe un grupo inicial de ocho mujeres que comenzará a trabajar de manera organizada, participando en reuniones y preparándose para los procesos que vendrán. Aunque el trabajo apenas inicia, ella valora positivamente el acompañamiento y reconoce que el proyecto está promoviendo la participación comunitaria.
La historia de doña Consuelo es la historia de muchas mujeres rurales del corredor seco guatemalteco: mujeres que han aprendido a sostener la vida desde el trabajo, la fe, la familia, la tierra y la comunidad. Su liderazgo no nace de un cargo formal, sino de la práctica cotidiana de cuidar, enseñar, organizar y servir. A través del proyecto impulsado por ACCH, su experiencia y compromiso se fortalecen para enfrentar uno de los mayores desafíos de su territorio: garantizar el derecho humano al agua, proteger los medios de vida y construir resiliencia frente al cambio climático.
Doña Consuelo mira las mariposas porque le recuerdan la libertad. Y quizá, en su propia historia, también hay algo de ese vuelo: una mujer que, a pesar de las dificultades, ha sabido abrir caminos para su familia, para su comunidad y para la defensa de la vida en su territorio.
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